
¡Que ilusión! Un domingo de votaciones. Con lo que a mí me gusta esto de ir a votar. No sé, da la sensación de que uno está haciendo algo importante. Vamos que está decidiendo por el futuro del país, de España, “ahí es ná”
Pero en estas últimas elecciones de junio el placer ha sido inmenso. Ni más, ni menos, yo ayudaba a construir Europa. La Europa grande y libre que soñaron los que plantaron la primera simiente, allá por el año 1951 cuando el Tratado del Carbón y del Acero fue el primer embrión.
En estas votaciones se adelantaron al domingo ocho países. Qué envidia me daban cuando pude ver a los votantes de estos países en televisión. Con que elegancia, alegría, desparpajo y placer iban introduciendo la papeleta en la ranura de la urna. Es curioso esto de que la urna, que alberga durante unas horas los votos secretos de los ciudadanos para darlos a luz unas horas más tarde, tenga una ranura. Es algo así como la vagina femenina por la que se introduce la simiente de la nueva vida para florecer tiempo después.
Bien, pues casi con la ilusión de un encuentro sexual con la hermosa señora Europa, me presenté el domingo 7 de junio a la cita con la amada urna. Allí estaba ella. Reluciente, transparente, desnuda, preparada, esperándome con su ranura dispuesta a recibirme.
-¡Buenos días caballeros! Vengo al encuentro con mi urna, con mi cosita preparada.
-¡Qué va a hacer usted, desgraciado! Irrumpe el Presidente de la Mesa.
-¡Bueno, pensaba introducirla en el sagrado vientre de mi amada!
-¡Traiga eso aquí, sinvergüenza! Aquí los únicos que metemos las cosas somos nosotros. Usted sólo tiene derecho a estar aquí.
Y sin mayor consideración me arrebató mi cosita y la metió él en mi urna ¡Cómo un vulgar mamporrero!
Salí humillado del local. Con la sensación del que le han puesto los cuernos y se tiene que aguantar por imperativo legal.
Por eso, y con el debido respeto, pido desde aquí a quién corresponda que ya es hora de que a los españoles también nos dejen meterla (con perdón) que ya somos mayorcitos.
Pero en estas últimas elecciones de junio el placer ha sido inmenso. Ni más, ni menos, yo ayudaba a construir Europa. La Europa grande y libre que soñaron los que plantaron la primera simiente, allá por el año 1951 cuando el Tratado del Carbón y del Acero fue el primer embrión.
En estas votaciones se adelantaron al domingo ocho países. Qué envidia me daban cuando pude ver a los votantes de estos países en televisión. Con que elegancia, alegría, desparpajo y placer iban introduciendo la papeleta en la ranura de la urna. Es curioso esto de que la urna, que alberga durante unas horas los votos secretos de los ciudadanos para darlos a luz unas horas más tarde, tenga una ranura. Es algo así como la vagina femenina por la que se introduce la simiente de la nueva vida para florecer tiempo después.
Bien, pues casi con la ilusión de un encuentro sexual con la hermosa señora Europa, me presenté el domingo 7 de junio a la cita con la amada urna. Allí estaba ella. Reluciente, transparente, desnuda, preparada, esperándome con su ranura dispuesta a recibirme.
-¡Buenos días caballeros! Vengo al encuentro con mi urna, con mi cosita preparada.
-¡Qué va a hacer usted, desgraciado! Irrumpe el Presidente de la Mesa.
-¡Bueno, pensaba introducirla en el sagrado vientre de mi amada!
-¡Traiga eso aquí, sinvergüenza! Aquí los únicos que metemos las cosas somos nosotros. Usted sólo tiene derecho a estar aquí.
Y sin mayor consideración me arrebató mi cosita y la metió él en mi urna ¡Cómo un vulgar mamporrero!
Salí humillado del local. Con la sensación del que le han puesto los cuernos y se tiene que aguantar por imperativo legal.
Por eso, y con el debido respeto, pido desde aquí a quién corresponda que ya es hora de que a los españoles también nos dejen meterla (con perdón) que ya somos mayorcitos.

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