domingo, enero 10, 2010

EL CRUCERO

Imaginen, sin mucho esfuerzo, un crucero por alta mar en un transatlántico de lujo. Digo lo de sin mucho esfuerzo ya que, supongo, muchos de ustedes habrán realizado alguno, pues hay que ver lo baratos que están. El pobre que no haya tenido todavía la oportunidad de realizarlo, no le costará mucho imaginárselo, pues la televisión nos lo mete a cucharadas a todas horas.
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El barco se ha estado desplazando hasta su destino final en una isla caribeña con toda normalidad y con una mar en absoluta calma. El capitán, junto con los oficiales, ha estado disfrutando a bordo dando cenas en honor a los pasajeros y, especialmente, colmando de atenciones y regalos a las pasajeras más guapas. Total, esto lo paga la compañía y unos miles de euros más o menos no se van a notar. Los pasajeros con experiencia en este tipo de viajes dicen que esto es de lo más normal en los cruceros.
Al poco se desata una tormenta tropical de aúpa. Todo el mundo se resguarda en los camarotes. Los pasajeros están con el alma en vilo. Piensan que de ésta no van a salir con vida.
Informado el capitán de la situación a bordo, decide hacer uso de los estudios de televisión privados del barco para dirigirse al pasaje.
Los pasajeros, cada uno en su camarote, conectan la televisión a la hora anunciada para oír, con ansiedad y miedo, las noticias del capitán. No en vano, al principio del viaje, cuando tomó el mando del barco, prometió que esta singladura iba a ser la más segura que cualquier pasajero habría hecho en su vida.
Tranquilo todo el mundo - fueron las palabras iniciales de saludo - ¿Quién ha dicho que esto es un huracán?
Los pasajeros se tranquilizan. Bueno – piensan – este hombre es un lobo de mar. Viene avalado por sus compañeros de promoción. No nos han podido dar mejores referencias. Veremos que dice.
¡Señores, esto no es un huracán! Esto es la lógica desaceleración del tsunami que ha asolado el Sur del continente australiano. Ya sé que el continente australiano está lejísimos. Pero ustedes no tienen ni idea de lo rápidas que van las cosas con un tsunami por en medio. Especialmente en este mundo globalizado ¡Así que no se mencione más a bordo la palabra huracán! ¿Está claro?
Ante esta información los pasajeros se calman. Aunque para su desgracia, los bruscos movimientos del barco les impidan salir de sus camarotes. Algunos camarotes se han cerrado, pues todos sus ocupantes están en la enfermería del barco.
Después de dos días navegando en estas condiciones y sin poder comer, pues la comida no se ha podido servir ni en los camarotes, ya que los marineros estaban todos mareados, se empiezan a oír rumores que los pasajeros no quieren creer.
Todo empezó cuando la noche pasada se oyó un gran golpe procedente de las bodegas del barco. Con el estruendo del huracán nadie pudo identificar el golpe, pero siempre hay alguien que está más enterado que los demás y dejó correr un rumor:
El barco tiene una vía de agua importante bajo la línea de flotación. No nos quedan más de tres horas de permanencia en el agua. Con el huracán encima no nos podrán rescatar. Nos hundimos sin remedio.
Los pasajeros se ponen nerviosos, hasta el punto de que salen de sus camarotes y se dirigen al comedor principal, donde requieren la presencia del capitán. Aquello tiene muy mal aspecto.
Llamado el capitán acude de inmediato. Uno de los reunidos empieza a hablar: Mire usted, nos estamos manifestando aquí…
¿Manifestando dice usted? Esto es un motín en toda regla. No se ha visto nada igual desde el motín de la Bounty. Cuando coja al que ha montado todo este tinglado lo cuelgo del palo de mesana. Todo el mundo a sus camarotes. Aquí no pasa nada.
Oiga, nos han informado de buena fuente que el barco chocó la noche pasada con algo y que nos quedan tres horas de permanencia a flote.
Permítame que le diga algunas cosas: primera, esto no es el “Titanic”; ustedes han visto demasiadas películas. Segunda, ustedes, los viajeros, los que pagan mi sueldo y otras cosas, tienen unos espías muy malos. No saben lo que ven. Más valiera que se dedicaran a espiar políticos. Tercera, no hemos chocado con nada; ha sido la explosión de una caldera la que ha producido una vía de agua que nos va a llevar al fondo del mar. Pero no en tres horas, como se ha corrido la voz, no ¡Eso es una pura mentira! En menos de hora y media no queda ni el recuerdo del barco ni de ninguno de ustedes. Fíjense bien que digo “ninguno de ustedes”, pues yo saldré volando en el helicóptero de emergencia del barco tan pronto como pueda. Me acaba de decir el piloto que en diez minutos podremos despegar.
El alboroto es general. Los gritos de sinvergüenza, caradura, te mato y mucho más resuenan en el comedor. No obstante el capitán levanta los brazos pidiendo calma y vuelve a dirigirse a los pasajeros.
Señores, serenidad. No ven ustedes lo tranquilos que están el primer oficial y el contramaestre. Fíjense, los dos están practicando amigablemente el tiro al plato en la popa del barco ¡Y eso que no tienen licencia para disparar! Pero claro tampoco saben donde estamos y siempre podrán decir, si salen de ésta y les acusan, que pensaban que esto era el Mar Muerto.
Uno de los pasajeros amenaza al capitán: Si salimos de ésta te demando directamente por lo penal. Te van a caer 40 años y un día de cárcel ¡Tío sinvergüenza!
El capitán al oír esto se troncha de risa. ¿Amenazas a mí? Tienen que saber ustedes que yo soy aforado ¿Saben lo que quiere decir eso? Se lo explicaré: puedo hacer lo que me dé la gana sin que me hagan nada. Desde hundir el barco hasta gastarme un pastón en uniformes. Si les muestro la última factura de uniformes se van de vareta ¿Está claro? Además, a partir de ahora me voy a dedicar a dar conferencias en las mejores Universidades del mundo. Las pagan a 1.800 euros el minuto a los ex - capitanes normales. Figúrense a mi… ¡que he hundido un barco! No quiero ni pensarlo. Me voy a forrar.

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