domingo, febrero 22, 2009

LA INVITACIÓN



Una tarde de este verano pasado nuestro amigo Caye se encuentra en un bar a su amigo Tano. Éste tiene mal aspecto y cara triste. Tiene una copa de coñac en la mano. Caye, que ya lo conoce desde hace muchos años, sabe que algo grave le pasa, porque Tano no tiene costumbre de beber. Con cautela se le acerca y empieza a indagar.


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Caye.- Buenos días Tano ¿Cómo te van las cosas?


Tano.- Para cogerme a llorar. Fíjate, tengo sólo dos opciones: refugiarme en la bebida o el suicidio. De momento he escogido la primera. Veremos si después no se impone también la segunda.


C.- ¡Caramba! Tano, es muy duro lo que dices. No te había visto nunca así.


T.- Es verdad, pero verdaderamente me he encontrado pocas veces en una situación tan apurada como ésta. Llevo varios días sin dormir. El dolor de cabeza es continuo. A ratos tengo sudores fríos que me hacen pensar si he cogido un virus maligno. Pienso que hasta puede ser el SIDA. Mi mujer dice que deliro por la noche. No tengo ganas de comer. Menos mal que la bebida me alivia. Cuando bebo me olvido de todo ¡Camarero, otro coñac!


C.- Tano, por favor, tú sabes que eso es fatal. No puedes seguir así. Vamos sincérate y habla conmigo ¿Qué te pasa?


T.- ¿Para qué quieres saberlo? No tiene remedio. Aprecio tu buena voluntad pero, francamente, creo que no se puede hacer nada. Gracias de todas formas.


C.- Tano, los amigos estamos para estos casos. Hoy por ti y mañana por mi ¡Ánimo! Dime lo que te pasa.


T.- Es inútil, Caye. El más interesado en recibir ayuda soy yo. Pero es un caso desesperado y no se puede hacer nada.


C.- Pero… ¿tan grave es?


T.- ¿Grave? ¡Gravísimo! No te lo puedes ni imaginar. El asunto ha afectado también a mi mujer.


C.- ¡Coño! Sí que es grave. Tu mujer es muy fuerte y valiente. No se deja influenciar por nada. La he visto soportar con entereza algunos dramas familiares que habéis tenido y siempre te ha influido ánimo, moral y coraje.


T.- Para que veas. Si una persona así está decaída, imagina como estaré yo que soy más débil.


C.- Tano, en nombre de nuestra amistad, y sólo con la esperanza de poder ayudarte ¿podrías decirme que te ocurre? Ten en cuenta que si no quieres hacerlo respetaré tu decisión. Pero no me gusta verte de esta forma.


T.- Caye, es un asunto muy delicado. Te lo contaré como en secreto de confesión. Por favor, no lo divulgues. Agravaría la situación. Tiene que quedar entre nosotros.


C.- Te lo juro, Tano. Puedes estar tranquilo. Y sobre todo, ten en cuenta que si quiero saberlo es por ayudarte.


T.- Vale, de acuerdo. Te lo cuento. Creo que me aliviará un poco el compartirlo con alguien.


C.- Seguro que sí. Habla que te escucho.


T.- Verás. Hace unos días, al regresar a casa, encontré entre el correo un sobre grande a nombre mío y de mi mujer. Me extrañó un poco el tamaño del sobre y el color. No parecía un modelo muy comercial. Mi primer pensamiento fue de una invitación a una presentación de algún producto. Ya sabes, vas al sitio indicado, soportas un rollo de una hora y después te dan un regalito. Con esa idea abrí el sobre.


C.- Dime ¿fue el contenido de esa carta el causante de tu dolor?


T.- En principio, no. Incluso fue una buena noticia. Una alegría. Era una invitación de boda.


C.- Tano, pues claro que no puede ser causa de tristeza. Una invitación a una boda es un motivo de regocijo. Qué suerte tienes. A mí hace mucho tiempo que no me han invitado a una.


T.- Ya veo. Bueno, como te digo, yo también pensé eso al principio y así se lo dije a mi mujer. Pero ella empezó a hacerme algunos comentarios e insinuaciones que me empezaron a mosquear.


C.- ¿Cómo qué?


T.- Bien, pues me preguntó si dentro del sobre no había alguna tarjeta con el nombre de los novios. Le dije que sí, que claro, que era un clásico tarjetón de invitación. Pero ella insistió en que se refería a una tarjeta del tamaño de las tarjetas de visita. Así que puse el sobre boca abajo y efectivamente salió una tarjeta de visita.


C.- Claro, la nueva pareja quieren darte a conocer de una forma oficial su flamante domicilio.


T.- Y también su nuevo número de cuenta corriente en el banco.


C.- ¿Y para que quieren darte a conocer ese dato tan íntimo? Si hasta los propios bancos no quieren que se den a conocer a casi nadie.


T.- Caye ¿de verdad no lo sabes, o estás fuera de onda?


C.- Pues, la verdad, no lo sé y no puedo pensar por qué te informan de ello.


T.- Caye ¿hace mucho tiempo que no te han invitado a una boda?


C.- Ya hace tiempo. Sí.


T.- ¿Y qué regalaste a los novios?


C.- Tuve que escoger de una lista que me enviaron y mi mujer escogió un microondas.


T.- Caye, si regalas hoy en día un microondas te lo rompen en la cabeza. No seas incauto. Hoy se ha impuesto el dar a la gente el número de la cuenta en el banco para que hagan ingresos por la cantidad que deseen. De esta forma se puede valorar más exactamente, vamos, hasta el céntimo, la amistad que les une con la pareja.


C.- Tano, me dejas perplejo ¿Seguro que es así, tal como lo dices? ¿Tan mercantilizadas están las bodas?


T.- ¿Por qué te crees que yo estoy en este estado? ¿Cuál es la cantidad que debo ingresar para no pecar de tacaño, o peor, de espléndido?


C.- Tienes razón, es un asunto delicado, pero tampoco es para ponerse como tú estás. Ingresas una cantidad razonable y ya está. A disfrutar de la boda y de la fiesta.


T.- ¿Qué entiendes tú por una cantidad razonable? Mi mujer y yo no nos ponemos de acuerdo. Lo único que ella me dice es que no tiene nada que ponerse y el traje que quiere comprar va subir de los 600 euros; los zapatos, más de 130; el bolso, por los 180; la estola, por los 120; la peluquería… no sé, etc. etc. etc. Por mi parte, y para ahorrar gastos, yo utilizaré el traje de mi boda, que aún me vendrá bien debido a que voy a estar sin comer todos los días que faltan para que me pueda entrar. A los zapatos les voy a dar lustre hasta que parezcan nuevos. A todo esto añádele el regalo en metálico. Esta boda nos sale por más de 1.500 euros. Y que pare ahí la cosa. No tengo ni idea que vamos a comer hasta que cobre de nuevo ¿Comprendes ahora mi angustia?


C.- Ahora entiendo perfectamente lo que oí el otro día con respecto a las invitaciones de boda. Resulta que una pareja que tiene que asistir a bastantes, debido a sus muchas amistades, emplea la siguiente táctica: acuden a la ceremonia juntos para que se les vea. Después en el banquete van por separado portando cada uno de ellos un gran bolso de señora de diseño (falso, desde luego). Cuando a la mujer le preguntan por su marido dice que está hablando con unos amigos y cuando al marido le preguntan por su mujer, dice que está en el servicio y que le está guardando el bolso. La cuestión es que no les vean con los dos bolsos. Durante el banquete ponen los bolsos bajo de la mesa y los van llenando, disimuladamente, de toda la comida que pueden, con el fin de guardarla para casa. De esta forma pueden subsistir hasta que cobren de nuevo.


T.- Me parece que tendré que aplicar la táctica que dices. Sin embargo cada vez me acuerdo más de ese amigo nuestro que siempre dice que antes prefiere ir al tanatorio que a una boda. En el tanatorio acaba en media hora, no tiene que hacer ningún regalo y queda igual de bien ante la familia. La boda dura 6 ó 7 horas, te cuesta un fortunón y acabas mareado de tanto comer y beber.
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