domingo, febrero 15, 2009

LA AVERÍA


A mi amigo Pedro le ocurrió lo que viene a continuación. He tratado de contarlo todo sin añadir ni quitar nada. Deseo que a ustedes no les ocurra nunca lo mismo.

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Un viernes por la tarde lo tenía todo preparado para salir de viaje con su mujer a pasar el fin de semana en un hotel de una playa de Almería.

Cuando ya había cargado la maleta y se dispuso a arrancar el coche vino la sorpresa… ¡el coche no arrancaba!

Lo intentó varias veces, pero el coche hacía ruidos extraños, muy extraños. Algunos vecinos que vieron los intentos de ponerlo en marcha se acercaron a ver lo que pasaba. Cada uno daba su opinión.

“Eso es la batería” comentaba uno.

“¿Cómo va a ser la batería?” respondía otro. “No ves la fuerza con que el motor trata de arrancar. Si fuera la batería haría así: uh, uh, uh, uh, uh, y este motor está haciendo: ram, ram, ram, ram, ram. Como queriendo arrancar de un momento a otro” (Increíble como la gente imita el sonido del motor en estas situaciones)

“Bueno, pues si sigue así pronto hará uh, uh, uh, uh, uh y se agotará la batería (Este otro imitaba mejor el sonido del motor)

Mi amigo se desesperaba. Veía como el fin de semana se arruinaba por culpa del coche. Además, eran ya la ocho y media de la tarde. Todos los talleres estaban cerrados. No podía hacer nada. En un intento desesperado, y sabiendo que sólo iba a servir para quedar bien delante de su mujer, trató de abrir el capó. No era fácil. Pues no lo había abierto nunca y la palanca estaba disimulada bajo el volante. Además, una vez tirado de esta palanca le quedaba otro seguro en su parte frontal que le costó encontrar.

¡Por fin! Lo había abierto, levantado y sujetado con una varilla que incorporaba el coche. Dejó impresionadísima a su mujer. Ésta desconocía la habilidad mecánica de su marido que en casa era incapaz de descorchar una botella de vino.

Pero una cosa es ver un motor y otra saber lo que se ve. Lo primero que le causó sorpresa fue comprobar que la marca del motor no coincidía con la del coche y la gran cantidad de tubos y pequeños depósitos de los que ignoraba totalmente su existencia y que en nada le podían ayudar.

Los que se habían agrupado dando sus consejos y haciendo sonidos imitando los ruidos del motor, se acercaron para ver con malsana curiosidad el motor.

“Lo que yo decía, se le ha quemado la junta de la culata” Dijo el más pesimista con sólo echarle un vistazo.

“¡Que va a ser la junta de la culata! No ves que lo que ocurre es que se ha roto la bomba del aceite” Fue el comentario de otro.

“Pues sí que entendéis vosotros. Este coche tiene un dispositivo que le impide arrancar cuando se le fastidia la bomba del agua o la del aceite. Puede ser la correa de distribución. Lo mejor es no tocarlo y llevarlo el lunes a la casa” Dijo un tercero, más realista.

A la mujer de mi amigo casi le da un ataque de nervios al oír esto.

“¿El lunes? ¡Imposible! ¡Esta noche dormimos en Almería! ¡Que te lo digo yo! ¿Después de dejar a los niños con mi madre? ¡A Almería, aunque sea andando!”

Mi amigo tuvo que rogarle de rodillas que comprendiera que no se podía hacer nada, que los talleres estaban cerrados, que la avería podía ser grave. Que el coche no arrancaba y si por casualidad lo hiciera podían romper el motor para siempre y tendrían que comprar un coche nuevo y que ahora no tenían dinero. Que ya irían la próxima semana.

Ante esta promesa de aplazar el viaje, la mujer de mi amigo accedió de mala gana y volvieron a casa.

El lunes a primera hora fue informado el distribuidor de la marca y le enviaron un coche grúa a recoger el vehículo.

Por la tarde, después del trabajo, mi amigo pasó por el distribuidor para ver como iba la cosa. Pregunta por el encargado y éste le hace saber el estado del coche.

“Verá usted, lo primero que hemos hecho ha sido hacer un chequeo completo por ordenador del sistema de inyección con diagnóstica, con el fin de localizar la avería. Esto nos ha llevado casi toda la mañana, pues al parecer este modelo de coche no permite un escaneado exacto que permita localizar la avería a la primera”

“Ya veo”, es todo lo que mi amigo se atreve a decir.

“Bien, ante el hecho de que no podíamos ver nada claro, hemos procedido a sustituir el sensor de masa de aire. No tenemos ni idea del estado en que se encontraba el viejo, pero lo hemos cambiado por uno nuevo. Total por lo que vale”

“¿Vale mucho?”, comenta con timidez.

“Oiga, en esta casa la seguridad del cliente es lo primero. Se ha cambiado por su seguridad. Usted a callar”

“Sí, señor, lo que usted diga” Mejor callar ante los especialistas, piensa.

“Después se ha comprobado el sistema de vacío y desmontado el EGR para limpiarlo. Se ha vuelto a montar y se ha probado el vehículo en carretera por uno de nuestros pilotos suicidas. Se ha limpiado, engrasado y petroleado el motor. Todo trabajo de calidad realizado por expertos profesionales. Aquí tiene usted las llave de su coche y la tarjeta con el OK firmada por el jefe de taller, o sea, por un servidor”

“Veo que han hecho un buen trabajo. Mi mujer estará contentísima cuando le diga que ya está el coche listo ¿Cree que podremos ir con tranquilidad a Almería el próximo viernes?” Comenta Pedro.

“¿Tranquilidad? ¿Tranquilidad, después de pasar los severos controles a los que sometemos a nuestros vehículos? A este coche le ponemos alas y cruza usted el Atlántico sin parar en las Azores. Comprobará la potencia nada más pisar el acelerador. Pase por caja y hasta la próxima revisión dentro de cincuenta mil kilómetros. Adiós y buen viaje a Almería.

Mi amigo se acerca a caja con la alegría de haber recuperado su coche y ver el buen estado en que le dicen que se encuentra. Se aleja con la amargura de haber cargado novecientos cincuenta euros en la tarjeta de crédito.

Al día siguiente decide ir con su mujer al cine a una localidad próxima y al mismo tiempo aprovechar para probar el coche en carretera.

Pedro y su mujer vuelven a casa en taxi. El coche no ha querido arrancar y lo han dejado en el aparcamiento del cine. Los mecánicos de la casa oficial vuelven a llevarse el coche al día siguiente para ver que ha pasado.

Pedro se pasa otra vez por el taller al terminar de trabajar. Esta vez el jefe de taller se dirige a él nada más verlo entrar. “D. Pedro, no me explico lo que nos ha pasado, ni como es posible que no hubiésemos advertido el otro fallo que tenía el coche ¡Increíble!”

“¿Qué le ocurre ahora?” indaga Pedro con prudencia.

“Verá usted, hemos escaneado todo el sistema eléctrico y se ha reseteado todo el dispositivo electrónico para ver que le pasaba. Al principio no pudimos encontrar nada, pero después de muchas consultas por Internet y a nuestra casa central en Alemania, hemos llegado a la conclusión de que todo era culpa de un calentamiento anormal producido por un fallo en el termostato regulador de la temperatura de los inyectores. Se ha cambiado la pieza y ahora sí, ahora el coche va como un reloj suizo. Aquí tiene las llaves, pase por caja y buen viaje el viernes”

Cuando le presentan la factura, mi amigo Pedro se tiene que sentar. Novecientos noventa y cuatro euros con cincuenta céntimos. Esto de los céntimos debe ser para dar a entender que la factura es justa. Ni cara, ni barata. Exacta. Destrozado y sin ánimo ni de ver el coche, Pedro vuelve a casa.

Al día siguiente y con ganas de olvidar lo pasado vuelve a coger el coche para probarlo. Sale a la carretera, pisa el acelerador, cambia marchas, pisa fuerte de nuevo. El coche responde ¡Por fin! El coche va de maravilla. Cambio de marcha otra vez para alegrarlo subiendo una pendiente. El sonido del motor le llega como si se tratara de una sinfonía celestial.

“¡Ah! esto es la gloria ¡Como va ahora! El viernes nos plantamos en Almería en dos horas” Aún no ha terminado de decir esto cuando el motor cambia la sinfonía celestial por rock duro e interpretado por un grupo de músicos borrachos y bajo los efectos de algún alucinógeno. A los pocos segundos se para totalmente.

Pedro se encuentra a veinte kilómetros de su casa tirado en una carretera secundaria y a punto de llover. Gracias al teléfono móvil consigue que una grúa remolque el coche después de una espera de dos horas bajo un chaparrón.

El jefe de taller, como si nada hubiera pasado y hasta con una sonrisa chulesca, le informa al día siguiente. “D. Pedro, ahora sí que hemos dado con el problema, se trata de una rozadura en los cables que suministran la corriente que ha dañado el distribuidor, afectando de esta forma al resto de componentes eléctricos que, a su vez, ha destrozado completamente todos los elementos electrónicos del hardware y borrado el software del tablero de mandos. Desgraciadamente, al igual que en las ocasiones anteriores, esta avería no está cubierta por la garantía, pero usted no se preocupe, para demostrarle nuestra profesionalidad, si vuelve a averiarse en las próximas semanas, efectuaremos la reparación con un 5% de descuento para piezas y mano de obra. Vuelva a pasar por caja y hasta la vista,

Mi amigo Pedro pasó por caja. Esta vez la factura fue de mil trescientos cincuenta euros.

El coche quedó arreglado, pero el hotel en la playa de Almería tendrá que esperar hasta que Pedro haya terminado de pagar el préstamo que tuvo que pedir al Banco Hipotecario para pagar la reparación.

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1 comentario:

Anónimo dijo...

Pobre Pedrito; seguro que aún está pagado el préstamo bancario.
¿Todavía tiene ganas de coche?
Genial. Apúntate 10 puntos.
La cacatúa