domingo, diciembre 28, 2008

EL DIVERTÍCULO


A mi amigo Miguel, quién sufrió algo que superó con creces esta historieta, pero que no puedo contar pues nadie me creería.

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Miguel es un hombre de cuarenta años. Deportista de toda la vida. Buen comedor y buen bebedor. Nunca ha estado enfermo de nada. Siempre ha disfrutado de una salud excelente. Sin embargo, desde hace unas semanas tiene unos síntomas extraños. Por las mañanas y por las tardes tiene una ligera tos que se acrecienta cuando come. Por lo demás sigue perfectamente. Sin embargo ha empezado a preocuparse.

Antonia, su mujer, es una perfecta hipocondríaca. Enfermedad que lee en las revistas del corazón, enfermedad que tiene. O cree tener. Cuando leyó que el alcalde de Nueva York tenía cáncer de próstata, fue al médico de la Seguridad Social a decirle que ella tenía los mismos síntomas que el alcalde y que por lo tanto tendría lo mismo. Afortunadamente, el médico la conocía y le dio un tratamiento inofensivo y el consejo de que bebiera mucha agua. Cualquiera se ponía a darle clases de anatomía humana a esta mujer.

La cuestión es que cuando ella se entera de la molestia que sufre Miguel, llama con carácter de urgencia a un médico que pasó un día de turista en la Clínica Universitaria de Navarra. Una eminencia. Este médico le ha sido recomendado por la amiga de la cuñada de un conocido de su suegra que trabaja de celador en el hospital general de la capital.

Antonia: Miguel, tenemos cita con el doctor Euritis para que vea lo que te pasa. No son normales los síntomas que tienes. Esa tos parece de fumador…y tú no has fumado nunca. Miguel, eso que tienes puede ser grave. Te recuerdo que tu abuelo sufría de asma y que un hermano de tu padre estuvo ingresado un mes en una clínica por tuberculosis. Prepárate que mañana a las diez tenemos que ir a la consulta.

Al día siguiente, a la hora convenida, se encuentra el matrimonio en la consulta del doctor Euritis.

Después de las presentaciones y de relatarle los síntomas, y sin nada más que observar al paciente mientras le cuenta lo que le pasa, el eminente doctor da su diagnóstico:

-Doctor: Caballero, usted tiene un divertículo epifrénico.

Miguel: ¿Mande? - Se atreve a decir ya asustado.

Doctor: Lo que oye. Yo no necesito pruebas para nada. Mi ojo clínico es de halcón. Donde pongo el ojo, pongo la enfermedad. Yo no necesito hacer TACs, manometrías, esofagoplastias ni nada por el estilo. Yo voy directo al grano. Bueno, es un decir, ustedes ya me entienden

- Miguel: Ni papa, oiga.

Antonia: Miguel, no muestres tu incultura. No ves lo bien que habla el doctor ¿Dónde has oído tu palabras como éstas? No sabemos lo que quieren de decir, pero ¿verdad que son bonitas? “Esofagoplastias” Sólo por oír esta palabra ya vale los ciento cincuenta euros de la consulta.

Doctor: Gracias, señora. Usted si que sabe lo que le conviene a su marido. Verá, Miguel, lo suyo está tan claro que el lunes a las nueve de la mañana entra usted en el quirófano para solucionar el problema. Olvidará usted la tos para siempre.

Miguel: ¿Al quirófano? ¿Para qué?

Doctor: ¡Coño! ¿A qué se entra a un quirófano? Para ser operado. Está claro. Además, usted ha tenido mucha suerte. Soy el número uno de España realizando este tipo de intervención ¿Qué digo de España? … ¡del mundo!

Antonia: Doctor ¿qué posibilidades tiene mi marido de salir con éxito de esta operación?

Doctor: ¿Posibilidades? ¿Se refiere usted a salir con vida?

Antonia: Por supuesto.

Doctor: Le soy franco señora. Con la mano en el pecho le juro que a mi no se me ha muerto jamás un paciente en el quirófano. Todos los fallecidos han pasado primero por caja a pagar la factura. Lo que hacen después es cosa de ellos. Yo no me responsabilizo de la vida privada de mis pacientes. No obstante, le digo que en este tipo de operación he tenido algún paciente que se ha mantenido con vida hasta dos meses después de pasar por el quirófano. Un récord. Para algo soy el número uno.

Antonia: Ya decía yo que usted parecía un hombre de confianza ¿Te das cuenta Miguel? Te están asegurando la vida dos meses. Esto no lo podías pensar tú ni loco.

Miguel: Antonia, no sé que decirte. Muy contento no me siento. Yo prefiero seguir con la tos matutina y vespertina antes que me opere este eminente doctor.

Antonia: Tú estás loco y quieres volverme loca a mí con tu tos. Esta operación no es nada. Te va a explicar el doctor cómo es la operación y verás lo contento que ingresas el lunes.

Doctor: Buena idea, señora. No hay nada como saber a qué se va a enfrentar uno para perderle el respeto. Le explico la operación de la forma más sencilla.

Antonia: Adelante, maestro.

Doctor: Primero anestesiamos al paciente con anestesia general. Todo de primera calidad y legal. En este hospital no se escamotean gastos. Total, los pagan incrementados en un mil por cien los enfermos. Bien, una vez que el paciente está preparado lo conectamos a dos máquinas. Una hace las funciones del corazón y la otra la de los pulmones.

Antonia: Miguel, no pierdas detalle. Esto es muy emocionante. Quién pudiera ser tú.

Doctor: Una vez asegurados que el paciente está conectado a las máquinas le sacamos el corazón y los pulmones y los ponemos en una mesa al lado ¿Qué le parece? No sabe lo que disfrutamos cuando hacemos esto.

Antonia: Miguel, te das cuenta Miguel ¡Miguel!, ¡¡Miguel!! ¿Qué haces en el suelo? Siempre me dejas en ridículo. Ahora que está explicando el insigne doctor los detalles de la operación vas y te desmayas ¡Levanta del suelo! ¡Rápido! ¿Se ha dado cuenta doctor que blandengue es mi marido? No sé como lo aguanto. Esta operación no es nada, Miguel. Levántate y compórtate como un hombre. Que nadie diga nada de ti ¡Faltaría más!

Minutos después y previa ayuda de una enfermera que le moja la cara, se levanta Miguel a duras penas apoyándose con una mano en la mesa del despacho y la otra en la silla.

Miguel: Perdona, Antonia. Pero eso de que me van a hacer funcionar con dos máquinas me ha puesto nervioso. Doctor, usted estará atento a las máquinas para que no se paren ¿verdad?

Doctor: Desde luego. Todo estará controlado. Además la operación sólo durará diez horas.

Miguel: ¡Diez horas! Eso es muchísimo tiempo. Puede pasar de todo.

Doctor: Usted sólo se tiene que preocupar de estar relajado y pagar al final. Lo demás es cosa mía. Además, si estuviera usted despierto vería lo guapas que son las enfermeras que me ayudan. Cosa fina.

Miguel: Bueno, algo es algo. Menos mal que al fin podré curarme esta tos que tanto me molesta por las mañanas y por las tardes. Seré un hombre nuevo.

Doctor: ¡Un momento! ¿Ha dicho usted que se le curará la tos con la operación?

Miguel: Pues, claro ¿No se trata de eso?

Doctor: Vamos a ver. Piense un poco, buen hombre ¿Usted cree que sacándole el corazón y los pulmones, poniéndole conectado a un máquina durante diez horas, y después colocarlos otra vez en su pecho como Dios me ha dado a entender, van a funcionar perfectamente? Vamos, ni de coña. Tendríamos muchísima suerte si se mantuviera usted vivo durante unos pocos meses y sólo le quedaran, como daños colaterales, unos espantosos dolores en el pecho. Dolores que se harán insoportables la mayoría de los días y que en ocasiones le harán pensar en el suicidio ¿Y usted se preocupa de la tos? ¡Venga ya! La tos seguirá igual o peor. Faltaría más.

Miguel: Entonces ¿Para qué me quiere operar?

Doctor: ¿Cómo que para qué? En nombre de la Ciencia y para probar los nuevos aparatos que acabo de instalar en el quirófano. Todo nueva tecnología digital, I+D+i, oiga. Me han costado un pastón y tengo que amortizarlos lo más pronto posible.

Antonia: Ves, Miguel, el doctor es un perfecto caballero y hombre de Cultura, Ciencia y Tecnología.

Miguel: Antonia ¿sabes lo que te digo?

Antonia: Dime, cariño.

Miguel: ¡Que te den morcilla a ti y al eminente doctor! Me voy a casa y si no quieres aguantar mi tos te quedas a trabajar de enfermera con el médico éste. Con lo hipocondríaca que eres disfrutarás a rabiar.
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