
Una de las instituciones más genuinamente españolas, casi tanto como las corridas de toros, la tortilla de patatas y la paella, es la cola.
Sin embargo, a diferencia de las ordenadas y silenciosas colas que hacen los británicos, tan perfectas que incluso una sola persona ya se considera parte indisoluble de una cola, la nuestra, la española, tiene unas características propias que la hace única.
Lo mejor de la cola es el ambiente que se crea en ella. Maravilloso, de película.
Un claro ejemplo de lo que digo es la cola que se monta (no me atrevo a decir organiza) en las consultas externas de los hospitales de la Seguridad Social, cuando los pacientes están esperando a que salga la enfermera para preguntarle algo o darle algún documento.
Todos los pacientes están sentados en la sala de espera con ansiedad contenida. Cuando sale la enfermera es como si la pistola de un juez olímpico se disparara y corren directamente hacia ella con toda clase de preguntas, ruegos y esgrimiendo papeles:
- ¡Oiga! ¿Cuándo me toca? Llevo aquí desde las diez.
- ¿Está hoy en la consulta el doctor Pérez?
- ¿Me puede dar cita para ginecología?
- ¿Sabe si han llegado los análisis del mes pasado?
- ¿Se ha arreglado ya la máquina que hace las resonancias?
-Tranquilos, les responde la enfermera con toda la calma y profesionalidad del mundo. Los que tenían cita para hoy con el doctor Pérez que se vayan a su casa. Ya les avisaremos. El doctor está de baja. Sólo se atenderá a los que vengan a pedir cita y a recoger análisis.
Al oír esto, más de la mitad de los que esperan se van. Enemigo que huye, puente de plata. Piensa la enfermera.
Una joven con un abultado vientre, signo inequívoco de una avanzada preñez, dice:
-Oiga, yo quiero pedir cita para ginecología. Es urgente. Estoy de siete meses.
- Pues mire, responde la enfermera, no le puedo dar cita porque ya he llenado la libreta de citas de este mes y del próximo. La del siguiente mes no me la darán hasta el día veinte de junio. El presupuesto del hospital está muy ajustado. Tendrá usted que volver de nuevo. Mejor vuelva dentro de cuatro meses y seguro que la podrá atender el ginecólogo.
- Oiga –dice otra señora- ¿no podría usted comprarse un cuaderno escolar y llevar los turnos hasta que le den una nueva libreta de citas y después las pasa a la libreta oficial? De esta forma nos ahorraríamos todos un nuevo desplazamiento.
- Eso se lo dice usted al Ministro, oiga. Yo sólo soy una funcionaria.
Aunque esta cola es muy interesante de observar, no hay duda que la mejor de todas, con diferencia, y digna de un estudio sociológico hecho por algún estudioso de esta Ciencia, es la que se hace para sacar cita en los centros de salud de la Seguridad Social.
Es recomendable hacer esta cola por lo menos una vez al mes. Se aprende muchísimo y se adquiere experiencia. Vale, con creces, el tiempo que se pasa en ella.
En esta cola están resumidas, como si se hubieran sacado con total cuidado y primor, todas las clases sociales que forman el conglomerado de la sociedad.
La cola es como esa pequeña muestra de sangre que te sacan para un análisis y después te dan el resultado en tres hojas de papel tamaño A4 y lleno de números y porcentajes.
Cuando la cola es larga, y últimamente lo son, podemos ver como la espera hace que la gente tome confianza unos con otros, afloren los más profundos sentimientos democráticos y se hagan los más diversos comentarios personales y hasta íntimos.
Lo primero que hace uno al llegar, cuando se pone al final de la cola, es tratar de calcular el tiempo que va a permanecer en ella. Para eso cuenta los funcionarios que hay en las ventanillas atendiendo y los pacientes que hay esperando.
Vamos a ver. Tres funcionarios. Ahora los que tengo delante. Uno, dos, tres, cuatro… veinticinco, veintiséis y veintisiete. Soy el que hace veintiocho.
Hay que observar a los que se tienen delante. De los veintisiete hay por lo menos nueve “guiris” (estos no han cotizado nunca en España), siete moros (estos menos) Dieciséis que harán que la espera sea más larga. Pero, en fin, todo sea por la famosa Alianza de Civilizaciones.
Al rato, y cuando ya había empezado a ligar con una señora guapísima que iba delante de mí, llega un chino con la mano ensangrentada y dejando manchas de sangre por todo el pasillo.
-Mi ser urgente – Decía el pobre-
-¡A ése, que se cuela! - Le abroncan desde la cola-
-Pues mira que si se pudiera colar uno por llevar la mano chorreando de sangre ¡No hay derecho a esto! ¡Qué se habrán creído estos chinos! ¡Por Dios!
El chino no sabía que hacer (los chinos son muy educados)
-Yo no querer problemas. Yo el último. Faltaría más. Primero ustedes. Chinito a la cola. No importar desangrarme en un rincón. Primero españoles ¡Viva España!
-¡Pues claro, coño! Y ya te atenderán cuando te toque. Mírame a mí. Tengo almorranas y no trato de colarme. Si yo contara como me pican…
El chino se hace un torniquete con la correa del pantalón para parar la hemorragia. Y se va, sumiso, al final de la cola. Haciendo equilibrios con una mano sujeta la correa y con la otra el pantalón para que no se le caiga. Ofrece un aspecto lamentable.
Al poco entra un “calé”. Con chulería, altanería y mirando con desprecio a los que estaban en la cola.
- Ahora le toca al “menda”. Y a callar todo el mundo. Bueno soy yo para hacer cola.
- ¡Oiga, caradura, a la cola!
- Ni hablar, responde el “calé” y si alguien no está de acuerdo le espero en la calle con “ésta”.
Y se señala el abultado bolsillo del pantalón.
- Sí, señor. Faltaría más. Usted primero.
Cualquiera sabe lo que lleva en el bolsillo con el nombre de “ésta”.
- ¡Ah, bueno!
Acaba de hacer la gestión el “calé” y se va diciendo:
- ¿No les había dicho que ahora le tocaba al “menda”? Pues ya han visto como tenía razón. Adiós, señores.
Al poco, entra una pareja de la policía local llevando a un hombre de muy mala catadura. Con la ropa rasgada, manchada, sucia y con aspecto de no haberse lavado la cara en los últimos tres meses. Por el rastro olfativo que deja en el pasillo, el resto del cuerpo no había conocido una ducha en los últimos cinco años. Por lo menos.
-¡Rápido! ¡Es urgente! ¡Este hombre se muere! – Dicen los policías-
Los funcionarios dejan de atender a los que estamos en la cola y empiezan a hacer llamadas de teléfono. Alguno deja su sitio y corre. No se sabe si huye o va a buscar ayuda. Seguramente lo primero.
En minutos aparece una pareja con bata blanca. Ponen al hombre en una silla de ruedas y se lo llevan.
Los funcionarios de las ventanillas vuelven a sus puestos. La cola continúa avanzando.
Casi me sabe mal que llegue mi turno. Lo estaba pasando muy entretenido y ya había quedado para tomar una horchata a la salida con la señora guapa que iba delante de mí. Se podía decir que había consolidado el ligue. Ya nos habíamos confesado nuestros gustos sexuales, la edad y estado civil.
La funcionaria que me atiende para darme la cita, me da también un disgusto. Me comunica con alegría:
-A partir de ahora puede usted pedir cita por Internet y ahorrarse venir.
Me quedé con las ganas de decirle:
Que te den morcilla, a ti y a Internet. Este espectáculo no me lo pierdo yo por nada del mundo.
Sin embargo, a diferencia de las ordenadas y silenciosas colas que hacen los británicos, tan perfectas que incluso una sola persona ya se considera parte indisoluble de una cola, la nuestra, la española, tiene unas características propias que la hace única.
Lo mejor de la cola es el ambiente que se crea en ella. Maravilloso, de película.
Un claro ejemplo de lo que digo es la cola que se monta (no me atrevo a decir organiza) en las consultas externas de los hospitales de la Seguridad Social, cuando los pacientes están esperando a que salga la enfermera para preguntarle algo o darle algún documento.
Todos los pacientes están sentados en la sala de espera con ansiedad contenida. Cuando sale la enfermera es como si la pistola de un juez olímpico se disparara y corren directamente hacia ella con toda clase de preguntas, ruegos y esgrimiendo papeles:
- ¡Oiga! ¿Cuándo me toca? Llevo aquí desde las diez.
- ¿Está hoy en la consulta el doctor Pérez?
- ¿Me puede dar cita para ginecología?
- ¿Sabe si han llegado los análisis del mes pasado?
- ¿Se ha arreglado ya la máquina que hace las resonancias?
-Tranquilos, les responde la enfermera con toda la calma y profesionalidad del mundo. Los que tenían cita para hoy con el doctor Pérez que se vayan a su casa. Ya les avisaremos. El doctor está de baja. Sólo se atenderá a los que vengan a pedir cita y a recoger análisis.
Al oír esto, más de la mitad de los que esperan se van. Enemigo que huye, puente de plata. Piensa la enfermera.
Una joven con un abultado vientre, signo inequívoco de una avanzada preñez, dice:
-Oiga, yo quiero pedir cita para ginecología. Es urgente. Estoy de siete meses.
- Pues mire, responde la enfermera, no le puedo dar cita porque ya he llenado la libreta de citas de este mes y del próximo. La del siguiente mes no me la darán hasta el día veinte de junio. El presupuesto del hospital está muy ajustado. Tendrá usted que volver de nuevo. Mejor vuelva dentro de cuatro meses y seguro que la podrá atender el ginecólogo.
- Oiga –dice otra señora- ¿no podría usted comprarse un cuaderno escolar y llevar los turnos hasta que le den una nueva libreta de citas y después las pasa a la libreta oficial? De esta forma nos ahorraríamos todos un nuevo desplazamiento.
- Eso se lo dice usted al Ministro, oiga. Yo sólo soy una funcionaria.
Aunque esta cola es muy interesante de observar, no hay duda que la mejor de todas, con diferencia, y digna de un estudio sociológico hecho por algún estudioso de esta Ciencia, es la que se hace para sacar cita en los centros de salud de la Seguridad Social.
Es recomendable hacer esta cola por lo menos una vez al mes. Se aprende muchísimo y se adquiere experiencia. Vale, con creces, el tiempo que se pasa en ella.
En esta cola están resumidas, como si se hubieran sacado con total cuidado y primor, todas las clases sociales que forman el conglomerado de la sociedad.
La cola es como esa pequeña muestra de sangre que te sacan para un análisis y después te dan el resultado en tres hojas de papel tamaño A4 y lleno de números y porcentajes.
Cuando la cola es larga, y últimamente lo son, podemos ver como la espera hace que la gente tome confianza unos con otros, afloren los más profundos sentimientos democráticos y se hagan los más diversos comentarios personales y hasta íntimos.
Lo primero que hace uno al llegar, cuando se pone al final de la cola, es tratar de calcular el tiempo que va a permanecer en ella. Para eso cuenta los funcionarios que hay en las ventanillas atendiendo y los pacientes que hay esperando.
Vamos a ver. Tres funcionarios. Ahora los que tengo delante. Uno, dos, tres, cuatro… veinticinco, veintiséis y veintisiete. Soy el que hace veintiocho.
Hay que observar a los que se tienen delante. De los veintisiete hay por lo menos nueve “guiris” (estos no han cotizado nunca en España), siete moros (estos menos) Dieciséis que harán que la espera sea más larga. Pero, en fin, todo sea por la famosa Alianza de Civilizaciones.
Al rato, y cuando ya había empezado a ligar con una señora guapísima que iba delante de mí, llega un chino con la mano ensangrentada y dejando manchas de sangre por todo el pasillo.
-Mi ser urgente – Decía el pobre-
-¡A ése, que se cuela! - Le abroncan desde la cola-
-Pues mira que si se pudiera colar uno por llevar la mano chorreando de sangre ¡No hay derecho a esto! ¡Qué se habrán creído estos chinos! ¡Por Dios!
El chino no sabía que hacer (los chinos son muy educados)
-Yo no querer problemas. Yo el último. Faltaría más. Primero ustedes. Chinito a la cola. No importar desangrarme en un rincón. Primero españoles ¡Viva España!
-¡Pues claro, coño! Y ya te atenderán cuando te toque. Mírame a mí. Tengo almorranas y no trato de colarme. Si yo contara como me pican…
El chino se hace un torniquete con la correa del pantalón para parar la hemorragia. Y se va, sumiso, al final de la cola. Haciendo equilibrios con una mano sujeta la correa y con la otra el pantalón para que no se le caiga. Ofrece un aspecto lamentable.
Al poco entra un “calé”. Con chulería, altanería y mirando con desprecio a los que estaban en la cola.
- Ahora le toca al “menda”. Y a callar todo el mundo. Bueno soy yo para hacer cola.
- ¡Oiga, caradura, a la cola!
- Ni hablar, responde el “calé” y si alguien no está de acuerdo le espero en la calle con “ésta”.
Y se señala el abultado bolsillo del pantalón.
- Sí, señor. Faltaría más. Usted primero.
Cualquiera sabe lo que lleva en el bolsillo con el nombre de “ésta”.
- ¡Ah, bueno!
Acaba de hacer la gestión el “calé” y se va diciendo:
- ¿No les había dicho que ahora le tocaba al “menda”? Pues ya han visto como tenía razón. Adiós, señores.
Al poco, entra una pareja de la policía local llevando a un hombre de muy mala catadura. Con la ropa rasgada, manchada, sucia y con aspecto de no haberse lavado la cara en los últimos tres meses. Por el rastro olfativo que deja en el pasillo, el resto del cuerpo no había conocido una ducha en los últimos cinco años. Por lo menos.
-¡Rápido! ¡Es urgente! ¡Este hombre se muere! – Dicen los policías-
Los funcionarios dejan de atender a los que estamos en la cola y empiezan a hacer llamadas de teléfono. Alguno deja su sitio y corre. No se sabe si huye o va a buscar ayuda. Seguramente lo primero.
En minutos aparece una pareja con bata blanca. Ponen al hombre en una silla de ruedas y se lo llevan.
Los funcionarios de las ventanillas vuelven a sus puestos. La cola continúa avanzando.
Casi me sabe mal que llegue mi turno. Lo estaba pasando muy entretenido y ya había quedado para tomar una horchata a la salida con la señora guapa que iba delante de mí. Se podía decir que había consolidado el ligue. Ya nos habíamos confesado nuestros gustos sexuales, la edad y estado civil.
La funcionaria que me atiende para darme la cita, me da también un disgusto. Me comunica con alegría:
-A partir de ahora puede usted pedir cita por Internet y ahorrarse venir.
Me quedé con las ganas de decirle:
Que te den morcilla, a ti y a Internet. Este espectáculo no me lo pierdo yo por nada del mundo.

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