miércoles, febrero 17, 2010

LOS MEQUETREFES

Hace años coincidí en un viaje con un señor de Valencia. Éste tenía un amigo que era campeón de la Comunidad Valenciana de ese tipo de lucha que tiene el extraño nombre de Taekwondo.

En una cena entre los que participamos en aquel viaje, el señor de Valencia sacó a relucir una anécdota que le ocurrió con su amigo el campeón.

Iban los dos paseando por una calle cuando les salió al encuentro un insignificante hombrecito, delgado, nervioso y bullicioso; lo que se suele llamar un perfecto mequetrefe.

El tipo en cuestión esgrimía una minúscula navaja albaceteña con una hoja de no más de tres centímetros de largo. Una de esas navajitas que si se las regalas a un niño en su primera comunión, te la tira a la cara con desprecio por creer que no eres capaz de valorarlo mejor.

El mencionado elemento les pidió el dinero. El luchador le dio todo lo que llevaba. El que nos estaba contando la historia hizo lo mismo. Pero en su interior estaba esperando el momento en que su amigo le diera una patada al asaltador y lo pusiera fuera de combate.

A continuación les pidió los relojes y hasta los gemelos de oro que llevaba el deportista. Se los dieron. No obstante, el amigo estaba seguro que una vez entregado esto, aprovecharía el más mínimo descuido del asaltante para lanzarse sobre él y reducirlo con uno de los golpes magistrales que le había visto hacer en los combates a los que había asistido.

Pero no pasó nada. El asaltante se marchó con el dinero, los relojes y los gemelos.

El que nos contaba la historia se encaró con su amigo: Pero ¿cómo es posible que hayas consentido esto? Yo esperaba que actuaras, lo redujeras y lo entregaras a la policía.

La respuesta del deportista fue la siguiente: La primera regla de la lucha es evitar la lucha. No lo olvides nunca. Evita la lucha aunque tengas que correr y quedar como un cobarde. Más vale un cobarde vivo y sano, que un valiente muerto o herido.

Cuento todo esto porque hace unos pocos días iba por la calle detrás de tres jóvenes de entre veinte y veinticinco años. De pronto se pararon hablando amigablemente y uno de ellos abrió un paquete que contenía un bocadillo. Empezó a comerlo y tiró el papel al suelo.

Una señora que estaba a su lado barriendo la acera le recriminó la actitud. Yo cogí el papel del suelo y lo metí en una papelera que había justo al lado.

Los tipejos (a los que ya no llamaré jóvenes por respeto al resto de los de su edad) nos miraron a ambos con desprecio y uno de ellos dijo con toda la caradura del mundo: Para eso estáis vosotros, para recoger lo que nosotros tiramos.

La sangre se me subió a la cabeza, perdí el control y cuando me iba a lanzar sobre los tres como un Chuck Norris cualquiera, recordé la primera regla de la lucha del campeón valenciano: evitar la lucha ¡De la que se libraron estos mequetrefes!

Al comentar estos hechos con unas señoras conocidas, me hicieron saber unos casos similares que les ocurrieron a ellas y que, en cierto modo, también son un testimonio de lo que algunos sujetos son capaces de hacer.

Me dijo una de ellas que en una ocasión resbaló y cayó en la calle. Dos individuos que contemplaron la caída comentaron a su lado: Vaya hostia que se ha dado la tía esta. Y se fueron sin prestar ayuda de ningún tipo. Tuvo que ser auxiliada por una señora mayor que pasaba por allí.

La otra me comentó que ella también se cayó delante de un mequetrefe de esta categoría. Éste pasó a su lado. No hizo ningún comentario y se fue del lugar sin decir ni pío.

Cuando ocurren cosas así, pienso que en vez de incluir la asignatura de Educación para la Ciudadanía como una más, quizás sería mejor suprimir todas las demás y emplear todo el tiempo lectivo en estudiar a fondo, muy a fondo, ésta sola. A ver si de esta forma acabamos con todos estos mequetrefes.

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