lunes, junio 16, 2008

UNA NOCHE EN LA ÓPERA


Hace poco me invitaron a asistir a una ópera que se iba a celebrar en una localidad no muy lejana y en beneficio de una ONG que protegía a niños desamparados, mujeres maltratadas o algo similar.

La ópera a representar era “La Traviata” de G. Verdi. A mí no me hizo ninguna ilusión la invitación, pero cuando me lo propusieron tenía sentado a mi lado a un miembro de la Coral Crevillentina que me dijo que esta ópera no se la puede perder ningún buen amante de la música. Yo no soy ni siquiera conocido de la música, así que eso de “amante” me pareció excesivo.

Otros amigos presentes y mi mujer se empezaron a animar y a animarme, así que di mi consentimiento. Siendo para una buena causa, el coste de la entrada y el sacrificio de aguantar las dos horas y media que duraría el espectáculo, me parecían soportables. Mi cupo de buenas obras para este año se vería acrecentado. Además, todo hay que decirlo, el precio no era extremadamente alto.

Los días previos al espectáculo los pasé preguntado a amigos que conocían la obra. Algunos, incluso habían participado en ella en las representaciones que ha actuado la Coral.

Todos me dijeron que era muy afortunado. Algunas mujeres se sinceraron y me dijeron que ellas, cada vez que la ven, lloran y hasta les ocurre lo que a la protagonista de Pretty Wowan cuando la vio. (Quien lo quiera saber que vea la película).

Cuando dije que tanto los papeles principales, coros y músicos eran rusos, todos me tuvieron envidia.

“Por favor, consíguenos entradas para nosotros. Queremos ir también. Pagaremos lo que sea. Este evento es único. Por favor, usa tu influencia para que podamos ir”

Fue inútil. El aforo estaba completo desde varias semanas antes. Me sentí privilegiado por tener las entradas en mi poder. Las miraba casi con lujuria.

Llegó el día ¡Mi primera ópera en directo! Traje oscuro con corbata a tono. Mis amigos, todos vestidos de media gala. Las mujeres con traje largo. Hasta limpié el coche. Emoción al máximo. Como la noche de Reyes cuando era niño.

Última llamada de teléfono, antes de salir, a los otros amigos que nos esperaban en la localidad donde se representaba la ópera para comprobar que todo estaba en orden.

“Tranquilos, nos dicen, tenemos el sitio reservado. Con diez minutos de antelación que lleguéis será suficiente”

Llegamos veinte minutos antes ¡Sorpresa! Las reservas no tenían validez. El público allí se sentaba por riguroso orden de llegada. La sala, que no teatro, estaba casi a rebosar a nuestra llegada.

Ésta fue otra sorpresa. Yo esperaba encontrar un teatro. No tipo Liceo, por supuesto, pero un teatro al fin y al cabo. Aquello era una sala de fiestas. En vez de butacas, había mesas repartidas por toda la sala. Cada una con un número y una lamparita encendida.

Nos dividimos y repartimos como pudimos por la sala. Las mujeres en los mejores sitios y los hombres en los rincones más apartados y de peor visión del escenario.

Junto con dos amigos fui a parar a escasos tres metros de la barra de uno de los bares que circuncidaban la sala. Estos bares se iban a mantener abiertos durante la representación.

En aquel ambiente, yo esperaba ver a mujeres con muchas plumas y poca ropa, antes que una representación operística ¡Mala suerte! No fue así.

A la hora en punto la gente empezó a aplaudir y pude ver, poniéndome de pie, pues desde el sitio que ocupaba no veía bien el escenario, como salían los músicos. Bueno, esto va en serio. La ópera va a empezar

Se levanta el telón. Suerte y que sea lo que Dios quiera. Por cosas peores he pasado.

En este primer acto había muchos actores en el escenario y tiene lugar el famoso brindis (¡Libamo!) que le ha dado fama mundial a esta ópera.

A los primeros acordes oigo una voz: “Un cubalibre, señores, una cerveza, champán, coca cola, patatas fritas ¿Desean algo los señores?”

Quedo un poco estupefacto y pienso que todo obedece a eso que ahora, en el mundo del teatro se llama “adaptación contemporánea de las obras clásicas”, y que el director ha querido adaptar el popular brindis al tiempo actual y de esta forma acercar la ópera a la gente joven.

¡Pues no! La voz era de un camarero de la sala que nos estaba ofreciendo las bebidas a mí y a mis amigos. Posiblemente el hombre pensaba que era el mejor momento para beber. Así podríamos acompañar a los cantantes moviendo nuestras copas al mismo compás que ellos… y hasta cantar a coro.

Mi amigo, el coralista, casi deja frito con la mirada al camarero. Éste debió darse cuenta y se largó a ofrecer el servicio a otras mesas. Desde donde estábamos oíamos las ofertas del camarero: Cubalibre, champán, coca cola ¿Se les ofrece algo a los señores?

En el escenario, Violeta empieza a entonar la famosa pregunta ¿Da moto é che mi amate? Y cuando Alfredo le responde con ese gran Un di, felice, eterea, el coralista se ausenta de la mesa. Mientras, la representación sigue hasta el fin del primer acto.

En el segundo acto aparece el coralista y comenta “Que mala suerte he tenido” “¿Estás enfermo?” Le preguntamos, pensando que ha pasado este tiempo en el servicio. “No, es que he ido a pedir prestada una pistola a un guardia jurado para darle dos tiros al tenor. Si lo asesino esta misma noche le hago un gran servicio a la ópera. No han querido prestármela”

Me callo. Él entiende más que yo.

A todo esto, la persona encargada de apagar las luces de la sala lo ha olvidado y la representación sigue con más luces fuera del escenario que dentro de él. A los quince minutos se apagan por fin las luces. Ésta parece la señal para que el ejército de camareros salga de nuevo por los flancos y empiece a atacar con sus ofertas a los espectadores “¿Un refresco, una cervecita, señor? ¿Se le ofrece algo a la señora? ¿Un bocadillo de calamares?”

Mientras, en la escena el padre de Alfredo tiene su encuentro con Violeta. Duro enfrentamiento entre ambos. El diálogo va “in crescendo” en el argumento y en la música. El padre le pide un sacrificio para que abandone a Alfredo por el bien de su familia. Ella se niega “¡Ah no! ¡Giammai!... Non sapete che copita dátro morbo…”

En este intenso momento, el público se encuentra inmerso en la obra. Giussepe Verdi en uno de los instantes más significativos de su obra. Y mientras esto ocurre en el escenario, se empieza a oír en nuestra zona de mesas: “Eto’o hace la pared con Ronaldinho, éste se la pasa a Thierry que dispara a puerta pero falla. Rijkaard se tira de los pelos. Un fallo como éste no es posible en un jugador de esta categoría. El Getafe puede ganar o quizás empatar este encuentro lo que colocaría al Barça en una situación difícil”

¡Coño! Esto no parece de la obra ¿Qué esta pasado aquí? Sencillo. El camarero que atiende la barra no ha podido resistir más tiempo sin saber como iba el Barcelona-Getafe, partido que se estaba jugando en esos momentos. Algunos hombres, al oír la radio, se acercan a la barra del bar: “Por favor, póngalo un poco más fuerte para que podamos oírlo bien desde nuestros asientos ¿Cómo van?” “Todavía empate a cero, responde el camarero, pero el Barça está jugando mejor”

Una señora del público, quizás despistada, se dirige al de la barra: “Por favor, baje un poco la radio. Esto es una ópera. Ya me dirá usted el resultado el final del partido”

En el escenario el padre habla con el hijo: “Di Provenza il mar, il suolo” Mientras, el rumor circula de mesa en mesa: “el Barça va empate a cero con el Getafe” En pocos minutos toda la sala se ha enterado de cómo va el partido.

En el tercer acto tiene lugar la dramática escena cuando Alfredo lanza el dinero a los pies de Violeta para que todos sean testigos que ha pagado su amor: “Ogni suo aver tal fémina per amor mio sperdea” Mientras Alfredo le tira el dinero, un camarero, quizás impresionado por la escena, deja caer la bandeja: “¡¡Plash!!” Todas las cabezas se dirigen al camarero y unos “¡¡Chist!! ¡¡Silencio!!” rotundos, fuertes, resuenan en la sala. Violeta no sabe donde mirar, si al dinero en el suelo o al camarero sacrílego. Los nervios empiezan a hacer merma en ella. Se la ve vacilante, insegura, pálida…

Por fin el último acto. Esto se acaba. Muy a mi pesar, pues ya estaba disfrutando de la ópera.

Al levantarse el telón hay una cama en el escenario, señal inequívoca de la grave enfermedad de la protagonista. Las luces de la sala continúan encendidas. El director de la orquesta hace guiños y gestos a alguien para que apaguen las luces. Se acerca el momento cumbre y no conviene deslucirlo con las luces encendidas. Los músicos no aciertan a interpretar estos movimientos. La mitad de la orquesta empieza a ejecutar algo que se parece al tango “La Cumparsita” y la otra mitad da la impresión de estar interpretando el popular pasodoble “Paquito Chocolatero”. Todo esto, escuchado a la vez le daba un carácter muy singular a la escena.

A pesar de todo la obra sigue. Violeta está leyendo una carta que le acaban de entregar cuando entra Alfredo y después de un diálogo rápido se inicia el dúo “Parigi o cara, noi lasceremo”

En este momento llega el padre de Alfredo y cuando el hijo le hace ver el mal que ha hecho el hombre del bar le grita a la señora que se interesó anteriormente: “Oiga, señora, fin del partido, ¡cero a cero! El Barça va de culo este año”

Un camarero vuelve a dejar caer la bandeja ¡¡¡Plash!!! Parte del público vuelve a protestar: “¡¡Silencio, coño!! ¡¡No hay derecho!!”

En el escenario Violeta se cae. Alfredo acude a socorrerla. Inmediatamente se corre el telón. Algo está pasando. Por el público corren rumores: “El Barça ha empatado”, dicen unos. “A Violeta le ha pasado algo. La obra no termina así”, dicen otros, los más entendidos; los que van a ver óperas en los mejores teatros del mundo.

A los pocos minutos, se oye el familiar sonido de una sirena de ambulancia. El telón no vuelve a levantarse. El público empieza a salir. Nosotros también. Cuando ya estábamos en el coche de vuelta a casa y aún en una de las calles de la localidad, una ambulancia nos pasa a toda velocidad.

Nos miramos unos a otros y todos a una dijimos: ¡Violeta!

***

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